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Desde hace unos meses, Diego no quiere oír hablar de otro transporte que no sea el suburbano. Ni el coche de papá ni los autobuses rojos. Para ir al cole, prefiere los túneles, el traqueteo y hasta los empujones del Metro. Todo para contemplar con fascinación desde sus ojos de niño lo que para los adultos es un simple medio para desplazarse.
esa mentalidad infantil que pasa por el cristal de la imaginación todo lo que ve, tamizando lo incómodo y convirtiendo lo real en fantasía.
Asomado a la ventanilla del vagón curiosea qué puede haber más allá de la oscuridad del túnel por el que circula el metro. Una luz, un cable, un operario, una parada a destiempo le bastan para descargar toda su artillería de preguntas. "¿Por qué paramos?" "¿Qué es esa luz?" "¿Qué suena, mamá?". Y a la cuestión, una respuesta que no le deja, ni mucho menos, satisfecho, porque la volverá a formular mañana. Su parada es la número dos, "la mía, la que se llama como yo", dice, a punto de llegar a Diego de León. La "serpiente" traquetea por los vanos que tan intrigado tienen a Diego, a quien no le importan los empujones, el calor o las esperas. Ya en el andén vuelve a pedir: "Mamá, vamos a decirle hola al conductor". Y el pequeño 'metronauta' arrastra a su madre hasta "la locomotora" donde, si hay suerte, el conductor abre la puerta y
hasta toca el silbato. Es momento de despedidas y como cada día el niño saluda con su mano mientras la fila de vagones se aleja y desaparece. "¿Ese va a volver?", pregunta extrañado, y un segundo después olvida al que se fue para dar la bienvenida al que se detiene en el andén de enfrente.
rgo del mes de mayo. Va a la línea "blue", dice, presumiendo de sus progresos en inglés, y cuando su madre le explica que es la 10, recuerda a su primo mayor. "¡Es la de los años de Pablo, vamos a la línea de Pablo, mamá!". Y mientras corre para tratar de no perder el tren ríe pensando en la boca de dragón que escupirá otro metro, "¡Ojalá sea uno "diferente!, ojalá sea uno grande y azul, de los que se doblan como un chicle!".